Admiro al hombre, al estadista y al pensador. Admiro a Benito Juárez porque fue un hombre con enorme visión y con una gran congruencia.
Como Napoleón en Francia, Juárez fue el iniciador del Estado Mexicano Moderno; el promotor de un régimen jurídico liberal que permanece, en gran medida, inalterado hasta nuestros días y un excelente administrador que buscó mayor eficiencia en las tareas que prestaba el Estado a los ciudadanos.
A diferencia de Napoleón, Juárez fue siempre un hombre sobrio y republicano; respetuoso del equilibrio de poderes y, ante todo de la ley. El creía más en la paz que en la guerra y, como era un gran negociador, pudo ganar muchas batallas sin tener que recurrir a las armas. Son muy famosas sus palabras: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Juárez, ese indio zapoteco de 12 años que sin hablar español, sin dinero, ni zapatos decide forjarse otro futuro que el de pastor de ovejas, es el máximo ejemplo de superación de la nación. A pesar de que aprendió a leer y escribir hasta que era casi un adolescente, ocupó prácticamente todos los puestos del servicio público y llegó a ser Presidente de México en uno de los momentos más desafiantes de nuestra historia.
Lo más asombroso es que, en una sociedad de castas -como era el México de entonces- un hombre del más bajo estrato social supo, con las solas armas de su visión y tenacidad, llegar hasta la cima, logrando con ello unir a una nación convulsionada por décadas de luchas internas.
Don Justo Sierra, un gran educador, menciona que una gran paradoja de la personalidad de Juárez es que nació indio y nunca dejó de serlo, pero se formó mestizo y tampoco dejó de serlo. Juárez era así, un auténtico y cabal americano, es decir, aquél que concilia las dos razas, las dos historias, las dos aspiraciones en beneficio de una sola comunidad.
La extrema pobreza en la que vivió de niño lo familiarizó con las más duras condiciones de vida. Como dice Andrés Henestrosa, un intelectual de origen zapoteco: “… antes de aprender las letras, supo de memoria la descarnada verdad de su país…tuvo la visión dolorida de la Patria…nunca perdió la honestidad del pobre ni la frugalidad del indio, pero muy pronto supo que, para actuar en el mundo y cambiarlo a la medida de la justicia, era preciso hacerse de una lengua de alcance nacional y de los conocimientos que podrían utilizarse no en la defensa de unos cuantos, sino en beneficios de todos.”
Fue una suerte que haya tenido acceso al acervo liberal de su época en medio del conservadurismo prevaleciente, así, Juárez leyó a Voltaire, Rousseau, Montesquieu y D’Alembert, pero también a Franklin y Jefferson y a algunos clásicos griegos y romanos. En sus primeros escritos se advierten estas influencias, pero su propio pensamiento va evolucionando a medida que se transforma en una figura nacional.
Y a pesar de que fue un agudo hombre de ideas, fue ante todo, un hombre de acción. La palabra fue sólo un medio para clarificar su posición y para convocar a los otros a unirse a sus causas. Él comprometía su palabra y la mantenía a toda costa. Su firmeza y su fortaleza son imanes para toda una generación de liberales que se unen a él sin dudarlo, sellando en esa alianza la nueva configuración de México.
Juárez ejercía su liderazgo de una manera sui generis: se muestra implacable y frío, a la vez que generoso y cortés; trabaja en equipo, pero decide solo; comparte los créditos pero asume toda la responsabilidad. Esta es otra más de sus cualidades admirables de estadista.
Juárez nació en 1806, cuatro años antes de que iniciara la Independencia de México. Su vida estuvo consagrada a sus ideales: soberanía, igualdad, justicia y progreso. Juárez tuvo siempre la visión clara de su ruta civilizadora y nunca cedió en su intento por alcanzarla. Su congruencia es al final de cuentas, el cimiento de toda su obra.
Por Ana Vásquez Colmenares

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